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El Cucurucho, especie única de Salamanca


Al atardecer del Viernes Santo se inicia un rito único de la tradición religiosa de la ciudad de Salamanca, al interior del Valle del Choapa. Entre el tumulto de fieles expectantes, se desplazan una veintena de "Cucuruchos" vestidos con trajes blanco y morado, una lanza en la mano y el distintivo capirote o cono de cartón forrado en tela.

Sus rostros están ocultos bajo una máscara de paño. También guardan silencio, para que nada revele su identidad. Sólo se sabe que son hombres que se han ofrecido en la semana previa para representar un personaje de la Semana Santa española que, de no ser por el fervor salamanquino, estarían extintos de todo Chile.

Ellos están a cargo del "Descendimiento": bajar la imagen de Cristo de la Cruz, quitar la corona de espinas y desclavar el cuerpo articulado que representa al Nazareno. Luego lo cubren con un paño para presentarlo a su desolada madre.

Entonces se inicia la procesión. Aquí aparecen los "Bienaventurados", que portan estandartes y guían la marcha orando el Sermón de la Montaña.

Un grupo de devotos traslada en anda la figura de Cristo. Un Cucurucho carga sobre sus hombros una cruz, y el resto flanquea el cuerpo con sus lanzas en mano. Ahora, mientras aparece la luna llena sobre los cerros de Salamanca, una romería de al menos dos mil devotos, curiosos y turistas, se dirigirá lentamente al oriente, hacia el cerro Chico, en el parque los Héroes de la Concepción.

Allí se escucha el Sermón de la Soledad, para acompañar a la Virgen María en su dolor. Tras ello, la romería regresa con la figura de Jesús a la Iglesia.

Durante estas casi tres horas de ceremonia han sido un innegable foco de atención. Su sola presencia intimida y atrae. Nunca falta el feligrés que reconoce el “susto” que le provoca verlos en acción. La dignidad con que realizan su labor los Cucuruchos de Salamanca no parece dar motivos, pero el miedo a veces es atávico, y se explica cuando hay una historia ancestral que lo sustenta.

Sufrir en carne propia


Fue en Sevilla en 1397 cuando aparecieron los primeros Capirotes o Cucuruchos, inspirados en los “penitentes” de la Inquisición. Cuando alguien era considerado en falta por la Inquisición, debía usar un paño que cubriera el pecho y la espalda (“Sambenito”), donde se escribían sus pecados, y un capirote de cartón forrado con tela como sombrero (de donde también surge el dicho “tonto de capirote”).

El simbolismo del penitente dio lugar a las hermandades Nazarenas, que crearon la figura de quien expiaba sus pecados en la ocasión y se encargaba de la ceremonia del “Descendimiento”, bajar a Jesús de la cruz.

Debía compartir el dolor de Cristo y “sufrir en carne propia” fue más que una metáfora. Algunos cargaban la cruz (aspados), otros (penitentes o disciplinantes) se azotaban en público o usaban cilicios, unas prendas dolorosas que abrían la piel al caminar.

Desde fines del siglo XVI las procesiones de Semana Santa en España alcanzaron ribetes de espectáculo macabro, contratando disciplinantes y empalados profesionales, que manchaban de dramatismo y sangre a la feligresía.

El Cuco


La América Española también repetía estas ceremonias con pasión. Pero a mediados del siglo XVII, creció la presión contra estas vívidas representaciones de la muerte de Cristo.

En el Reyno de Chile, en 1788, Ambrosio O`Higgins prohibió que aspados y penitentes salieran a las calles y los relegó a los claustros de la Recoleta Franciscana, en La Chimba.

Durante el siglo siguiente los Cucuruchos fueron más bien perseguidores de los infieles y eran considerados los “Cucos” de la época. Iban a las casas a aterrar a quienes no participaban en la procesión de Semana Santa, dudaban o disentían de la fe Católica, al tiempo que les exigían dinero para redimirse y salvar su alma.

Recaredo Santos Tornero escribe en “Chile Ilustrado", de 1872, que “El Cucurucho, detalle indispensable hasta hace poco, de toda procesión de Viernes Santo, ha sido desterrado de las ciudades de alguna importancia. La esfera en que ejerce su ministerio, antes tan vasta, ha quedado hoy reducida al campo”. Y recuerda: “¿Quién puede haber olvidado la impresión que en toda la casa producía el grito formidable: para el santo entierro de Cristo y soledad de la Virgen al que respondía el llanto de los niños, las carreras de las sirvientes y el ladrido de los perros?”.

Cucurucho v/s Cantimbao


Tal vez la lejanía de los grandes centros urbanos en esta época o el fuerte ingrediente minero-campesino de Salamanca explican en parte la sobrevivencia del Cucurucho en este territorio. Pero también hay quienes postulan que el sincretismo religioso del Norte Chico hizo su parte.

En la religiosidad popular, las cofradías de Bailes Chinos llegaron a ser un poder paralelo al de la Iglesia católica y, al igual que ahora cuentan con sus propios y coloridos personajes. Uno de ellos es el “Cantimbao” una especie de demonio que asusta a mujeres y niños.

Así el papel terrorífico del Cantimbao prevaleció en la cordillera de Choapa, mientras que el Cucurucho fue mantenido en su más pura y antigua misión: bajar al Cristo Crucificado.

Quizás por ello, aún podrá conocer a los Cucuruchos, que al final de la procesión instalan la imagen del Crucificado en la Iglesia de Salamanca, para que los devotos la besen, concluyendo su misión y dejando de existir, hasta el próximo año.

Fuentes: 
Oreste Plath, Folklore Religioso Chileno
Juan Guillermo Prado, Semana Santa en Salamanca
Urbatorium. El terrorífico Cucurucho, primer cuco y acosador de Semana Santa

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