Ojo de Bióloga: Cerro Santa Inés


El cerro Santa Inés es pura magia. No tengo otra manera de describirlo. Cuando llego me llena esa sensación que te envuelve cuando se desarrolla ante ti un acto de magia. Es como pasar al otro lado del armario, hacia Narnia

El cerro Santa Inés tiene en su cumbre y en las laderas escondidas a la ruta 5, un bosque relicto de Olivillo.  
Es un árbol que hoy en día pertenece a las selvas del sur del país. Su existencia en esta zona es prueba de los cambios que ha sufrido el clima por miles de años. Es un sobreviviente de una época muy distinta. 
En las zonas del cerro que no están cubiertas por este bosque, se encuentra una vegetación principalmente xerófita y esclerófila, que te recibe durante la subida. Es vegetación baja y poco densa compuesta entre otras especies, por el quisco, chagual, palo de yegua, vautro, boldo, litre y palo colorado, arbusto endémico que sólo vive en las costas de la IV y V regiones y que se encuentra en peligro de extinción. 
Las laderas son secas y calurosas. El suelo es un maicillo desgranado, suelto y seco. 
La vista desde el cerro hacia el océano pacífico es maravillosa. Pichidangui y Quilimarí se encuentran cientos de metros más abajo. 
Si es que tienes suerte, la brisa marina refresca la subida, durante la cual te acompañan las tencas, loicas, cometocinos, picaflores, cachuditos y diucas; desde el aire los aguiluchos, águilas y jotes; desde el subsuelo se oyen los cantos de alarma de los cururos refugiados bajo la tierra. Una exquisita abundancia de animales.

Picaflor Chico (Sephanoides sephanoides)
Pero la magia está por venir. Bajas la cabeza para pasar por debajo de una rama y cuando vuelves a levantar la vista, estas en otro mundo. Un mundo de árboles monumentales, de oscuridad, frío y humedad, de olor a tierra de hoja, de sonidos ahogados por la densidad del follajeEl silencio es tal que te sientes culpable de cada movimiento, de tu propia respiración, de interrumpir el vacío. Ya no hay viento, cielo, ni océano, ni Pichidangui que se encontraba a tus pies.
Solo hay árboles. Árboles viejos y torcidos, aferrándose a las laderas empinadas del cerro. Los rayos de sol que bajan entre el follaje se cortan por las sombras de aves que vuelan sobre el bosque. Tus pisadas retumban en el suelo blando de miles de años de acumulación de materia orgánica. Todos tus sentidos se sienten engañados y premiados a la vez. Es magia. Es un mundo dentro de otro. Es un bosque infinito en la punta de un cerro. 

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Mahina Mann Namur fotógrafa de naturaleza, es Licenciada en Ciencias, con mención en Biología Ambiental. Aunque prefiere los títulos de pajaróloga, pajarera y pajarona.
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Escrito por Mahina Mann

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