analytics

¿La Region de Gabriela?


Revuelo provoca la idea de cambiar el nombre de Región de Coquimbo por la denominación de Región de Gabriela Mistral. La propuesta fue enviada a la Presidenta de la República Michelle Bachelet por el alcalde de Vicuña, Rafael Vera.

El edil argumenta que se trata de un nombre más representativo del territorio y de gran reconocimiento mundial, lo que generaría un plus patrimonial, cultural y turístico a la zona además de que, si se aprueba, sería la primera región del país con un nombre de mujer. Pero lo más importante -dice Vera- es que Gabriela Mistral se merece esta distinción y esta es una forma de hacer justicia con una de las mujeres más importantes de nuestro país y el mundo.

La respuesta interna está dividida. Los coquimbanos también tienen buenas razones para mantener el actual nombre de la región, fundamentalmente por su historia y tradiciones. Lo cierto es que esta idea primigenia tiene un largo camino que recorrer. Y mientras las autoridades revisan la conveniencia y las razones de este homenaje, es un buen momento para apropiarse de su legado con la misma fuerza con que ella, página a página, inmortalizó a las gentes, cerros y costumbres del Norte Verde.

Como el recogimiento imponente del cementerio el 1 de Noviembre que describió con apenas 15 años y desempolvamos aquí desde los anales del extinto periódico El Coquimbano:


En el Campo Santo

Din, dan, don: se oye el eco de las campanas tocando a muerto. ¡Cuán lúgubres son sus gemidos en este día... !
Helada como la losa funeraria es la brisa que pasa por el follaje de los cipreses del cementerio; ardientes y argentados los rayos del Rey del Día que alumbran las losas de las tumbas, mostrando el nombre de aquellos cuyos restos ocultan. Un silencio aterrador y profundo reina allí donde las aves no entonan sus trinos y donde todo tiene el aspecto lúgubre y sombrío de la muerte que allí cierne sus alas y cuyos espectros horribles vagan en él sin cesar reflejando su imagen fatídica en todos los espíritus.
Como tiene la fiera su oculta y solitaria guarida, adonde lleva sus víctimas, la muerte, ese monstruo cuyo nombre sólo aterra, tiene en el campo santo el lugar apartado en donde yacen sus víctimas humanas...
Lejos del mundo se halla para que el silencio, el eterno compañero de la muerte, lo custodie; apartado de todo para que el recuerdo de ella no turbe nuestra imaginación, para que el olvido, ese hijo adulterado de la ingratitud, vele el sueño de todos los que en él duermen.
¿Por qué el alma se entristece cuando estamos en un cementerio? ¿Por qué el corazón se sobresalta y por la mente cruzan horribles ideas?
Porque la muerte contagia nuestro ser, y el pensamiento se fija en ella haciéndonos estremecer. Así como en las límpidas aguas de un lago cristalino se destaca la figura del bote pescador, así en el campo santo se refleja la sombra de la muerte, y como el viento encrespa las aguas, así su recuerdo conmueve y agita el corazón!
Se oye un ruido sordo, y a lo lejos se ve un inmenso gentío. Son los visitantes que vienen al cementerio porque es el día de los muertos.
El eco apenas percibido de una oración se oye; y poco a poco se acerca hasta que se abren las puertas del cementerio y todos penetran en él. Llegan hasta las tumbas y se arrodillan; dolorosos gemidos se arrancan del pecho escapándose por los labios en donde se confunden con las preces que recitan. El astro rey alumbra claramente con su luz bienhechora el cuadro, triste y hermoso a la par, que presenta aquel lugar donde se encierra toda la historia de la humanidad!
Allí están jóvenes, ancianos y niños con sus pálidas frentes inclinadas y con los rostros surcados de llanto. Han venido a dejar en las tumbas de sus deudos dos homenajes de recuerdo: las blancas flores de las coronas que allí van a marchitar sus pétalos y el puro llanto que un doloroso recuerdo les ha arrancado.
Allí está la viuda llorando al amante esposo, la huérfana a la adorada madre, la joven al hermano o al amigo, ¡oh! Si el llanto tuviera e! mágico poder de hacer revivir cómo abandonarán los muertos el oscuro ataúd que los encierra!
Los seres vivientes reunidos allí oran sobre la losa que guarda los restos del que pasó por el escenario de la vida, del que fue personaje de ese drama misterioso que se llama la existencia y que termina allí su fatal desenlace en los cipreses del cementerio... en donde se ve grabada con letras de fuego que nada extingue aquella palabra tenebrosa que encierra todo el triste poema de la vida humana: ¡muerte!
Pero allá, en un rincón del cementerio, se divisa una losa en la que nadie ha depositado una flor, ni derramado una lágrima. Debe ser la tumba de alguno de esos seres que se llaman desamparados, y que cruzan en las sombras de la muerte tan solos como en la áspera senda de sus tristes vidas: Porque la humanidad, todo avaricia e interés mezquino, sólo llora cuando sus lágrimas son compradas por el Dios oro!
Por eso las secas hojas de los cipreses caen allí, demostrando en el verde oscuro de que visten, la orfandad y el olvido cuyos'horribles fantasmas velan la fosa solitaria.
Ya las tinieblas de la noche empiezan a oscurecerlo todo. Uno a uno los tristes visitantes del cementerio se alejan de él y queda solo como antes resaltando en la oscuridad el blanco de las losas de los fríos sepulcros.
Todo duerme en paz; ya expira ese día triste y lúgubre, el 1° de noviembre; el último son de la campana se escucha, mientras las brisas nocturnas gimen al pasar por los árboles en la mansión de los muertos... Seguid allí descansando, vosotros que pasasteis por el mundo, que fuisteis viajeros de la vida; seguid allí durmiendo donde esperan las fosas con su horrible boca, un nuevo cuerpo inerte, un nuevo ser sin vida! Pasen así los años, los viejos cipreses sigan cubriéndonos con sus sombras aterradoras, y vosotros seguid allí en el silencio profundo, contemplando el placer mentido y vano del bullicioso mundo que os olvida, y de cuyos goces se burla la muerte, cuya sarcástica carcajada, hace estremecer desde el monte hasta el valle, desde la ciudad hasta la aldea!

Lucila Godoy Alcayaga
La Serena, noviembre 1° de 1904





0 comentarios: