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Cristo de Elqui: del complot a la leyenda

triada de imágenes del místico elquino

La mañana del 26 de febrero de 1931, más de 3 mil personas desbordadas esperaban la llegada del tren Longino a la Estación Mapocho. Sólo un puñado de artistas internacionales había logrado tal expectación. En términos actuales, habría sido como el revuelo que provoca un famoso youtuber, con carabineros conteniendo a unos agitados fanáticos, periodistas, fotógrafos… sólo que entonces, la estrella se llamaba Domingo Zárate Vega, un campesino de Río Hurtado con aspecto de Rasputín, que se hacía llamar el Cristo de Elqui.

Pero bajaron todos los pasajeros y el místico no estaba. La muchedumbre, se mantuvo hasta la llegada del siguiente ferrocarril, en la tarde. Nada otra vez. Los reporteros corrieron a consultar al conductor por el desaparecido. Si la frustrada espera ya había sido asombrosa, la razón de su ausencia la superaba: el Cristo de Elqui había sido víctima de una compleja operación urdida por las más altas autoridades políticas y religiosas de Coquimbo.

¿Que había hecho este hombre de sotana deslavada y larga barba, para merecer tanta atención popular y oficial? Apenas 4 años antes, Domingo Zárate había tenido experiencias místicas que lo llevaron a elaborar y predicar su propio evangelio. Partió su misión en Quebrada Leiva, cerca de Vicuña. Era dueño de una llamativa puesta en escena con vestimenta especial, excéntricas costumbres y hasta su propia corte de figuras bíblicas (con familiares que oficiaban de santos y vírgenes). Todo ello, junto a su impresionante oratoria hicieron que su mensaje se encendiera como la pólvora en todo el Valle del Elqui.

Sus bautizos en el río Elqui, su comunicación divina y los aclamados -y nunca probados- milagros, nada gustaban al obispo de La Serena José María Caro, que junto a la feligresía, veía crecer su inquietud en la misma medida que crecía la popularidad del profeta. Para colmo de males, la prensa liberal de La Serena (concentrada en el diario El Chileno) usaba las andanzas del Cristo de Elqui para ridiculizar las creencias católicas.

Locura contagiosa


Probaron encarcelarlo, bajo la acusación de provocar desórdenes. Pero lejos de someterlo, los carabineros que estuvieron a su cargo terminaron convencidos de los poderes sobrenaturales o desmintiendo las acusaciones en contra del elegido. El propio gobernador de Elqui, que ordenó su arresto, reconoció el magnetismo de Zárate: “si se conversa mucho con él, uno concluye también por volverse loco” le dijo a un reportero.

Las autoridades sabían que muy pronto el Cristo de Elqui descendería de la montaña, trayendo consigo la confrontación religiosa entre católicos y seguidores del profeta a las puertas de la Catedral de La Serena. La única solución era enviarlo a Santiago, encerrarlo en un manicomio y tirar la llave.

A cargo de la operación estaba el mismísimo intendente. El mismo que espetó, boquiabierto, un “¿qué hace usted aquí”, al ver al autoaclamado mesías entrar a su despacho. Domingo Zárate, siempre calmo, contestó que el Padre Dios le había informado que lo enviarían a Santiago. El plan divino era que se reuniría con el Presidente de la República y el Arzobispo, quienes a su vez, lo enviarían al Vaticano para acordar con el Papa Pío XI una nueva doctrina católica.

Como aún faltaban detalles que afinar, el intendente mandó nuevamente a arrestar al Cristo de Elqui, que se entregó mansamente a la espera de su viaje. Fueron 5 días donde pasó lo previsto. Los medios locales y nacionales publicaban cada detalle de la reclusión, los fervorosos seguidores y los curiosos se congregaban a la espera, hasta que el 25 de febrero, el profeta fue conducido al fin a la estación de ferrocarriles, donde fue despedido por cientos de fieles.

Inteligencia fantástica incurable


La conspiración ya estaba en marcha. El iluminado fue bajado en La Calera, a la espera del siguiente convoy. Antes de llegar a Santiago, lo hicieron descender en la Estación Yungay, donde una escolta de Carabineros de la 7ª Comisaría lo llevó hasta la Dirección General de Sanidad. Ni Presidente ni Arzobispo, sólo un grupo de psiquiatras lo esperaban para iniciar exámenes mentales al Cristo de Elqui. El diagnóstico era esperable: Domingo Zárate sufría de delirio místico crónico y debía quedar recluido en la Casa de Orates.

Allí lo encontraron los periodistas, que quedaron atrapados por su semblante y vigor místico. Describieron su barba nazarena y melena descuidada, su sayal rosado ajustado con un cíngulo blanco. Sus ornamentos religiosos sencillos, como el rosario fabricado por él mismo con palos de chañar y su corona, una cuidada mitra de cartón forrado en satín blanco y atravesada por una medialuna imponente. El cuadro se completaba con su hermano Segundo, secretario y San Pedro de su corte, único compañero de travesía.

Luego de varios meses probando tratamientos, a mediados de junio el subdirector de la Casa de Orates emitió un derrotado informe médico: el paciente había recuperado su verbosidad e “inteligencia fantástica”. Las “alucinaciones visuales, auditivas y sensoriales” lo asediaban con frecuencia y no hacían más que agravar su “delirio místico con ideas de grandeza”. Su enfermedad era incurable, concluyó tajante. Tras 5 meses y medio fue liberado, con algunos kilos más. Domingo Zárate Vega estaba listo para conquistar al país y las naciones vecinas. Durante los siguientes 18 años, escribió varios libros, dio entrevistas y alimentó su fama divina con sus teatrales presentaciones y fantástica oratoria. Su leyenda, apenas comenzaba.

Fuente: Crónica de la primera venida del Cristo de Elqui, Andrés Estefane

1 comentarios:

Buena nota, Lucía. Este es uno de los tantos episodios que revelan la riqueza de esta región. Anímense a visitarla.