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Colvin por Colvin

libro Marta Colvin en exhibición d escultura en Bodegón Cultural de Los Vilos

Marta Colvin escultora. Así se titula el libro que el Bodegón Cultural de Los Vilos dedicó a la artista chillaneja, un volumen tan monumental como la propia obra de Colvin, y tan potente y personal como sólo alguien muy cercano podría gestar.

“Creo que es la persona que más ha gravitado en mi formación. Uno puede perseguir algo que quiere y perseverar, perseverar y perseverar. Yo creo que eso lo heredé de ella”, dice el director de el Bodegón Cultural y sobrino de Marta, Jorge Colvin.

Y perseveró, durante más de 10 años, para dar a luz este libro que compila y trae a Chile una obra escultórica dispersa en todo el mundo, y permite maravillarse con obras gigantes de piedra o madera que desafían la imaginación, con piezas que se pueden mover con el viento o abrir como las alas de un cóndor.

“Cuando murió Marta, hace más de 20 años, quisimos hacer un registro de imágenes de su casa en París, su taller y sus obras instaladas en espacios públicos. Con una amiga postulamos un FONDART y no nos resultó. Posteriormente me tocó ir a desamar la casa. Entonces el registro fue sacar fotos como yo podía, no era hacer un trabajo cinematográfico como el que queríamos”.

Jorge busca en el libro la fotografía de la primera casa de su tía en París, “era como un negocio cerrado, pequeño, el taller lo tenía en otro lugar”. Pausadamente, recuerda el tiempo en que vivió y trabajó con ella. “Yo había estado muchas veces ayudándola en su taller en Chile, pero era más niño en ese tiempo. El año 70 había egresado de la carrera (arquitectura) y me fui a Francia y me quedé allá casi dos años. Mi rol era siempre de maestro no más: pulir, cortar piezas.”

En ese tiempo Marta trabajaba en su primera obra pública encargada por el gobierno galo “Señal en el Bosque I” una obra monumental en madera africana de Iroko, cuyos pesados bloques se expanden en distintas direcciones e incluyen piezas sueltas, que adquieren movimiento.

¡Salve Marta, colvinizadora del mundo…!


Otra de las labores del aprendiz, era hacerse cargo de los pedidos de un buen amigo de su tía, el embajador de Chile en Francia, Pablo Neruda. “Él estaba construyendo una casa en Normandía, más bien un castillito. Estaba habilitándola y todos los cachos que le pedía a ella que le ayudara los hacía yo, como los zócalos para esculturas que traía de Indonesia. Mi premio era ir a dejárselos al poeta y conversar con él”.

Unos años antes, en 1965, Marta Colvin había ganado la VIII Bienal de Sao Paulo, uno de los premios internacionales más importantes en aquellos años en el mundo de la escultura. Lo hizo con una muestra donde destacó su icónica “Torres del Silencio”, donde por primera vez en este arte se ve un trabajo donde la obra no sale de una sola pieza de piedra, sino que se puede construir a partir de distintos bloques.

La novedad de su técnica, su monumentalidad y su referencia a lo americano serían su sello. “De hecho Torres del Silencio está inspirada en la obra Alturas de Machu-Pichu de Neruda”, cuenta Jorge, que recuerda el homenaje que en aquel entonces el vate dedicó -muy en su estilo- a la recién consagrada:

¡Salve Marta, colvinizadora del mundo…!
martista de la piedra
caminante chillaneja
de las torres del sur!


Jorge Covin, junto a escultura Caleuche
Jorge Colvin, junto a Caleuche, escultura de Marta Colvin.
De allí en adelante la Cordillera de los Andes y la mitología americana serían su impronta.

Conversadora, trabajadora inagotable y supersticiosa como buena hija de chilota, la recuerda el director del Bodegón.

“Era lo más supersticiosa que había. El día martes no le gustaba salir de la casa porque era un día difícil, según ella. Si subía al auto tenía que subirse con el pie derecho, imagínate si iba de co-piloto, (risas) de verdad lo hacía. Y era bien religiosa, observante, pero tenía este lado que traspasaba todo lo que hacía”.

Sin embargo, y se emociona al contarlo, lo que más atesora Jorge Colvin de su estancia con su tía en Francia fue ser testigo directo de la historia de amor que ella vivió con el escritor y crítico de arte Pierre Volboudt.  “Fue una relación madura, no diría intelectual porque se querían apasionadamente, pero ellos eran viejos. Se casaron viejos, porque ella se separó de su primer marido pero nunca se divorció y respetó mucho las creencias de su familia. Sólo se pudo casar cuando enviudó y tenía más de 70 años”.  En su estancia en París, Jorge fue el único de la familia en compartir con ellos como pareja, creando lazos imborrables, al punto de terminar convirtiéndose en heredero de Volboudt.


Destino de isleña


En cada página de Marta Colvin escultora, se repasa con todo detalle la increíble historia de una mujer adelantada a su época, social y artísticamente.  Seguramente firmas de grandes voces del arte como Milan Ivelic, Justo Pastor Mellado y Francisco Gacitúa, cuentan mejor este enorme trabajo recopilatorio, pero si quieres saber algo más de su biografía te dejamos estos párrafos:

Fue la hija mayor de un inmigrante inglés y una chilota. Y la nieta regalona del poeta escocés James Colvin. Isleña de padre y madre, estaba en sus genes que algún día debía cruzar los mares para encontrar su destino.

“Ella se casó muy joven con un francés que era agricultor y vivió y crió a sus hijos en Chillán. Para el terremoto de 1939 se cayó su casa y se vino a Santiago donde sus padres. Justo tocó que sus hijos entraban a la universidad y su hija se casó. Entonces ella entró a estudiar al Bellas Artes, tenía treinta y pocos años.”

Rápidamente destaca y gana premios como estudiante, hasta alcanzar la calidad de profesora ayudante de la escuela. “En el año 48 es invitada con una beca a Francia y después de eso consigue hacer un viaje a Inglaterra donde conoce a Henry Moore y él le consigue una beca en Inglaterra para que se quede otro año más”.

Moore sería decisivo en su carrera, al enfrentarla con sus raíces: “¿Por qué ustedes vienen a estudiar a Europa esperando encontrarlo todo, si poseen una tradición tan rica para investigar e inspirarse?”. Entonces ella vuelve a cruzar el océano, esta vez para descubrir América e incorporarla definitivamente en su obra.

Latinoamérica, sus mitos, la cordillera y las maternidades fueron sus temas recurrentes.

Ya en sus noventa, Marta Colvin volvió a erigir, aún más grande, “Torres del Silencio” en el Congreso Nacional, para luego despedirse definitivamente de Chile y el mundo.

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